En 2023, el consorcio Forbidden Stories destapó una operación masiva de desinformación orquestada por la empresa israelí Team Jorge, que se jactó de haber intervenido en 33 campañas presidenciales, con 27 éxitos. El caso evidenció un arsenal de métodos: desde hackeo de correos hasta la distribución coordinada de narrativas falsas. Aunque no existe una definición oficial, las redes de desinformación pueden entenderse como una maquinaria que posiciona temas, impulsa afirmaciones engañosas y manipula el debate público mediante cuentas no auténticas.
Estas operaciones suelen emplear el astroturfing, que simula un apoyo popular espontáneo mediante perfiles falsos o anónimos. También crean dominios similares a medios legítimos y secuestran cuentas reales para propagar mentiras. Un informe del Consejo de Europa, apoyado por la Universidad de Harvard, las define como acciones de actores estatales o no estatales para distorsionar la opinión pública con fines estratégicos.
Los amplificadores falsos, es decir, cuentas automatizadas o semiautomatizadas (bots), son clave para viralizar contenidos. Organizaciones como DFRLab han documentado este fenómeno en elecciones de Rumania (2024) y Canadá (2025). La inteligencia artificial ha facilitado la creación de bots más sofisticados y avatares sintéticos que imitan a personas reales, multiplicando el alcance de la desinformación.
En México, el Instituto Nacional Electoral ha alertado sobre la presencia de estas tácticas en procesos electorales pasados, aunque no se han reportado casos tan documentados como los del extranjero. La falta de una legislación específica dificulta la identificación y sanción de estas redes, que operan en la opacidad de las plataformas digitales.
Para el ciudadano común, la recomendación es verificar la autenticidad de las cuentas que difunden información política, así como desconfiar de mensajes que buscan generar polarización o desconfianza en las instituciones. Las redes de desinformación no solo atacan a candidatos, sino que erosionan la democracia al sembrar dudas sobre la integridad electoral.
El caso Team Jorge es un recordatorio de que la desinformación no es un fenómeno espontáneo, sino una industria con intereses geopolíticos y económicos. Mientras la tecnología avanza, también lo hacen los métodos de engaño, lo que exige una mayor cooperación entre gobiernos, plataformas y organismos electorales para proteger la información veraz.
